Es cuestión de diseño, de lógica, de un equilibrio estable, pero frágil.
Para ello el yo debe mantenerse en el fondo de la situación en la que se está inmerso.
El equilibrio se logra cuando el tú se ha ido.
Lejos, donde el yo no lo observe.
Mejor aún, donde el tú no se observe a sí mismo y se mezcle en la oscuridad, con un bat en el fondo de un pozo. Donde no se vean las estrellas y se sienta el frío.
Para lograr el objetivo, el yo debe de sentir amor de suyo primero.
Para tirar el castillo, basta con mirar atrás.
Y congelarse en piedra.
Y ser Tchaikovsky sin amantes.
domingo, 8 de junio de 2008
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