martes, 1 de febrero de 2011

Si seguimos sentados en el cine,
si pedimos que se callen la boca,
si pedimos permiso para levantarnos,
si salimos corriendo del cine.

¿Cuál sería la diferencia?
¿Con qué objeto?
¿Cuál es el sentido?

Lo más probable es que termine la función y siga aquí.
Allá o en algún otro sitio.
Siendo el mismo.

Terminaré sabiendo más
-o menos-
pero siendo el mismo.
Podré morir aquí mismo en el cine
o en el lejano este.
Pero siendo el mismo.

Porque solamente podremos cambiar esas circunstancias.
Ser sujeto de portada,
bandera de revolución.
Elemento clave de una lucha
sin cabeza o dirección.

Pelear por un sistema democrático
excluyente.
por un sistema incapaz de aglutinar
las representaciones sociales.

Terminar siendo un desmovilizado,
sin cultura, sin objeto de vida,
inadaptados todos a una nueva realidad.

Perder aquella seguridad que el ejército
en alguna ocasión brindó.

La justificación de una nueva ideología.
No fascista. No autoritarista.
Buscar la tranquilidad perdida.
La prudencia extinta,
cerrar las heridas abiertas de la anterior guerra.
Conseguir a toda costa un nuevo equilibrio social
y seguir soñando.
Una catástrofe, una patada.
Sentirse un caos,
estar de la fregada.

Una agrupación fundida de sentimientos
sin límites claros,
donde la tristeza se mezcla con una tristeza aún más fuerte y grande.

Y el temor a huir corriendo
de la sala nos mira,
nos mira con los ojos verdes,
también azules y violetas.
Porque tiene cientos, quizás miles.

Un caos dentro de otro.
Y una lucha interminable por las cosas,
¿cuáles cosas?
Yo no sé que cosas.

Unas nubes de violenta lluvia
que arremeten contra mis costas,
contra todas mis costas.
¿cuáles costas?
Yo no sé que costas.

Mis límites marítimos.
Junto a mis límites terrestres.

Gaviotas ciegas que vuelan sin sentido.

Aves negras,
aves de sonido.
Que gritan fuerte,
que mis cosas y mis costas no están bien.

Y nadie más que yo lo escucha.