
Ciento un dolor en esa cabeza. Creo que es intrusa. No responde.
Ciento un calambre en la pierna, baja por mi muslo hasta el tobillo. Y no responde al movimiento que le ordeno.
Ciento que me voy a morir.
Ciento una vez, dos veces, ciento la noche y la lluvia, ciento, centado, ciento un contento, mucho enojo, el ave regañada por el papa.
¿Dejaré de centir así, así como ciento la tarde atenuada por las palabras del extranjero?
La cabeza es extraña, no me habla. Creo que hay dos. En esa bicefalidad me desvanezco. En las compras de la novia, de la tarde, de un beso -soberano y tirano- enorme. Con ese huracán de imágenes, de aves, de tortugas y de zapatos en mi mente me estremezco. Y todo a mí, pues si me afecta. Mil ejecutivos, al mando de la segunda cabeza de este nuevo cuerpo, la que domina, la que cree que ordenará en la muerte del amor, en la comida, en los senos de la anciana.
No has hecho nada de que arrepentirse. Y tu discurso chafa.
Ciento de centir. No siento.

