María la dueña de la casa colonial trabajaba durante el día en la limpieza del lugar. Barría desde las seis de la mañana –el ruido que hacía la escoba en la banqueta cada mañana era demasiado molesto para los inquilinos del frente de la casa, demasiado molesto. Cocinaba a partir de las ocho, lo primero en poner en la mesa eran las tazas de café, después los platos largos, algunos mellados. Tenía cerca de treinta y dos años con la vajilla que su madre la había regalado dos años después de su boda, cuando aceptó que había perdido a su hija frente a un patán que la trataba mejor que ella. Era de cerámica blanca, no obstante, ahora lucía amarillenta.
Siempre estaba pensando en el bienestar de los inquilinos, en la comodidad que su casa podía ofrecer. Nunca pensaba en comprarse ropas nuevas o incluso zapatos menos rígidos a los que usaba, esos zapatos fueron el último regalo de su esposo, y ya estaban duros a causa del tiempo, grises. Su alma y el sentido de su vida se perdían junto con el color de los zapatos mas nunca se percató de ello.
Un domingo por la mañana recibió a un inquilino que le rentaría solo por una semana y lo aceptó debido a que acababa de quedarse sola una habitación y sabía que pasaría tiempo en que volviera a ocuparse. No montó inconveniente alguno pues le pagó por adelantado. Últimamente sus plantas tenían más vida. Aparentemente era la que ella perdía día con día.

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