jueves, 26 de abril de 2007

Estás en la ciudad, bajo la lluvia ácida, bajo las rocas, bajo de mi mirada, ¿dónde que no te veo?


Me es tan difícil olvidar los timbres de tu teléfono cuando no contestas y me quedo esperando en el auricular. Son cuatro, ya los he contado. Después me manda al buzón.

Es un espacio relativamente largo, relativamente efímero en el que me quedo pensado en tí. En lo fácil que me resulta apuñalar mi corazón y entregártelo así, sangrante. Herido.

Mientras pienso, a veces escucho una música melódica que me dice lo que no se debe hacer cuando las lágrimas rueden por mi rostro. Y así, todo se vuelve comunicación conmigo, de los objetos para conmigo, de la música hacia mí, de una cama que me pide me recueste en ella.

Me quito los zapatos y me acuesto un rato, sigo esperando, renuncio a la idea de que contestarás. Me duermo un momento, sueño -creo- con delfines que me abrazan y a veces con espinas clavadas en mi costado. Nunca contigo en estos instantes.

Me levanto y espero, a veces los rayos del sol me pegan directamente en la ventana y a veces la luna se asoma por las persianas. Las lámparas cuando es de noche se meten por cada rendija de mi cuarto.

Pero no me recibes, no tomas de ofrenda mi corazon latente. Semi muerto. Para ese entonces. El buzón me responde por ti y yo cuelgo. La pregunta es: ¿Dónde Estás?

Ariiba abajo. Donde descansaré pronto, cuando sepa si estoy enfermo o no.

Fer, buen viaje.
Heber, pon más posts en mi myspace.

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