viernes, 30 de mayo de 2008

Pretensión

Fingía las depresiones.

Un carro, o dos, o tres, ¿qué importa?

Mañanas, tardes, noches.

Con viento o sin él, aunque irrite la garganta cuando fume.

Independiente de que suba corriendo y llegue con el cuello torcido.

No, yo nunca fingí. Siempre sentí que no estaba, desde que se quedó en el estante de galletas.

Cuando veía los accesorios de la ciudad a determinada hora de la tarde.

Y una librería vacía.

El corazón desaparecido.

Con un espasmo que decía ser cáncer, o embolia, o dolor abdominal. Ni siquiera lo sabía con exactitud.

Depresiones finalmente.

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