domingo, 10 de octubre de 2010

Ves las aspas.
Vuelas a ellas.
Abres sus pequeñas puertas.
Entras por ese diminuto espacio.
Te montas en ellas.

Viajas en sentido opuesto a las manecillas del reloj.
Y miras el entorno,
miras toda la habitación desde arriba.

Y piensas en la frialdad de tu espacio.
En lo cómico de verte acostado,
sobre tu propia cama.
Verte a tí mismo.
Verte respirando, roncando.
Verte despacio, verte rápidamente,
verte constante.

Una imagen descompuesta con los
múltiples giros del abanico.
Una imagen entera.

Un montón de piezas pegadas,
tendidas sobre la cama.
Órganos extirpados,
cabellos despeinados.

Y desde arriba, tambien
las argamasas rotas.

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