A él le gustaba mentir.
Pero no fumar.
Su problema principal era que no sabía discernir las cosas.
Y así se pasó la vida mintiendo sobre las lechugas orgánicas que compraba en el supermercado, sobre los sobrecillos de azúcar que robaba de los restaurantes, de las colillas de cigarro que recogía con desprecio cuando a mí se me caían "accidentalmente" en la calle, cuando se lavaba las manos después de saludarme, cuando decía no al café después de la comida (aunque muriera de ganas), cuando le preguntaban si estaba a dieta y decía que no, también cuando...
Y así se pasó el resto de su vida mintiendo, hasta que lo alcanzó la depresión y simplemente se llenó de pastillas el estómago.
Y explotó tristemente como un himno, no, como una oda a la guerra.
Pero nunca le gustó fumar.
Y cuando dejamos de ser amigos, el cielo se fracturó, y vi ratas en el piso, esqueletos de gallinas en el aire, una esponja descolorida hablando tonterías de mí y de mis obsesiones, un mar sin piso, una tierra frágil, escuchaba canciones con eco en mis oídos, y luego venían los soldados a pegarme en el abdómen con sus manos llenas de vidrios rotos, salían de mi estómago letras minúsculas, letras con sangre.
Por eso cuando murió, yo solo dije: "El sol nos ha bastado por hoy".

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