Llegué a una cena dadaísta.
Comí.
Dormí.
Soñé.
Y pensé.
Después de eso, solo imaginaba el ambiente dadaísta.
Y un sinfín de actividades muertas.
A la ardilla postrada.
Al ave enclaustrada en su jaula plateada.
Al cordero en canal.
A las perlas regadas en el piso.
A ellos el discurso invernal.
Por ellos la vida dominada.
En el campo y la jornada descollada.
Sellado todo en convivencias surrealistas.

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