Hablar supone el uso discriminado de palabras
mediante un sistema que me resulta más que complejo.
Es una construcción terrible que selecciona ideas de un entramado,
supongo infinito.
Atender una conversación es una respuesta neurocerebral.
Hablar por hablar también, pero es aún más complicado.
Los efectos que la segunda acción tiene (respecto a la primera)
pueden ser más perversos.
Donde las respuestas fallan, los impulsos físicos se manifiestan.
Aparecemos innermes y desnudos ante el otro, los otros.
Caemos al vacío.
Existimos realmente.
jueves, 25 de noviembre de 2010
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