Esta noche, con la llegada temprana de las campanadas (suenan antes de la hora pactada, se adelantan al juicio que merece el acusado) aparece en el juzgado este hombre, tan simpático, sus ojos me hacen olvidar su sentencia y quiero para él la absolución de su crimen; ¿Cómo puede ser culpable este Paris?. No es humano definitivamente y por tanto no es culpable.
Olvido sin embargo que no soy yo quién definirá el castigo. Mis ojos siempre han sido ciegos. Me enamoro de la vida así como del aliento de la noche en que se lleva a cabo el juicio. Los demás lo percibieron así:
El acusado es pálido y lampiño.
Arde en sus ojos una fosca lumbre, que repugna a su máscara de niño y ademán de piadosa mansedumbre.
Conserva del obscuro seminario el talante modesto y la costumbre de mirar a la tierra o al breviario.
Devoto de María, madre de pecadores, por Burgos bachiller en teología, presto a tomar las órdenes menores.
Fue su crimen atroz.
Hartóse un día de los textos profanos y divinos, sintió pesar del tiempo que perdía enderezando hipérbatons latinos.
Enamoróse de una hermosa niña, subiósele el amor a la cabeza como el zumo dorado de la viña, y despertó su natural fiereza.
En sueños vio a sus padres —labradores de mediano caudal— iluminados del hogar por los rojos resplandores, los campesinos rostros atezados.
Quiso heredar. ¡Oh guindos y nogales del huerto familiar, verde y sombrío, y doradas espigas candeales que colmarán las trojes del estío!.
Y se acordó del hacha que pendía en el muro, luciente y afilada, el hacha fuerte que la leña hacía de la rama de roble cercenada.
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Frente al reo, los jueces con sus viejos ropones enlutados; y una hilera de obscuros entrecejos y de plebeyos rostros: los jurados.
El abogado defensor perora, golpeando el pupitre con la mano; emborrona papel un escribano, mientras oye el fiscal, indiferente, el alegato enfático y sonoro, y repasa los autos judiciales o, entre sus dedos, de las gafas de oro acaricia los límpidos cristales.
Dice un ujier: «Va sin remedio al palo».
El joven cuervo la clemencia espera.
Un pueblo, carne de horca, la severa justicia aguarda que castiga al malo.
(UN CRIMINAL ANTONIO MACHADO)
Al final mi clemencia no sirve de nada.
Arriba los culpables.

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